IQT , noticias Viernes, 23 enero 2015

Cuando Pedro Lemebel murió de amor en Iquitos

Paco Bardales

Amazonía,cine, literatura,periodismo, OVNIS. Miembro del gran combo charapa pop. Búscame en Twitter: @pacobardales y @DiarioIQT

Aquel 5 de agosto del 2008, Pedro Lemebel se encontró con veinte personas que fueron a verlo en vivo en el auditorio de El Dorado Hotel, en una de las actividades de la V Semana del Libro de Iquitos, que organizábamos con Tierra Nueva Editores.

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Pedro Lemebel en Iquitos, viaje fugaz del cual escribió excepcional crónica. Año 2008.

 

Lemebel llegaba de una apoteósica y accidentada presentación en la Feria Internacional del Libro de Lima de ese año. Cronista y  artista visual,  a quien Roberto Bolaño lo había considerado el mejor escritor de su generación, esta vez, enfundado en un pañuelo suave, sin embargo, nos lo mostraba beatífico, casi imperturbable.  En esta oportunidad lo acompañaba el cronista y periodista peruano David Hidalgo.

La presentación de Lemebel no solo giró alrededor del nuevo periodismo narrativo. Conocido militante de las causas de minorías sexuales y derechos humanos, lo expresaba en cada párrafo de sus libros que leía, entre ellos  La esquina es mi corazón; Loco afán, crónicas de sidario; Tengo miedo, torero o Adiós mariquita linda.  Aquellas veinte personas que estuvieron ese mediodía en ese hotel de Iquitos no necesitaban más. Habían sido avasallados por el huracán Lemebel.

Aquí, una nota hecha por la televisión iquiteña de aquel entonces

 

Lo mejor de aquella visita, sin embargo fue una impactante crónica, titulada «Morir de amor en el Amazonas» (vaya título), que escribió Lemebel muy poco después de aquel viaje. Aquel texto es una joya, del cual, extraigo algunos fragmentos:

Pasan un tiempo aquí y después las regresan a la selva, agregó muy serio, indicándome que pasáramos a un espacio más grande donde la mujer del cuidador pelaba plátanos verdes y se los tiraba a unos monos araña atados del cuello. ¿Por qué están amarrados? Son nuevos, recién los trajeron, contestó la mujer sin interrumpir su labor. Me senté junto a los simios y la mujer me advirtió que tuviera cuidado. Pero ellos se acurrucaron abrazándome con depresiva ternura. Parece Mama mona, dijo el cuidador burlándose. Él es un escritor, tenga más respeto, lo reprendió Mario David arrugando el seño. No se preocupe, tiene razón, alguna vez fui mona, y aunque me vista de seda… Ahí todos se relajaron riendo y la mujer nos sirvió un jugo por el calor que arreciaba cuando volvimos al bote, mientras el monito gritón nos insultaba en su agudo dialecto.

Ya era media mañana cuando regresamos a Iquitos navegando por el Nanay. Mario David estaba callado, serio, con la mirada sumergida en el agua oscura. ¿Quiere conocer donde vivo? Me voy ahora, hace tanto calor, y quisiera volver al hotel, le contesté ensopado. Pero es aquí no más, en Belén. Mire, es allá donde se ven esos techos de paja. La embarcación se internó por un brazo de río. Era el Itaya, y en su ribera se levantaba una aglomeración de palafitos y casas fl‚otantes donde los pobladores hacían su vida a la vista de las canoas que iban y venían con su comercio ambulante. Sin luz eléctrica, ni agua, ni alcantarillado, era trágica y gloriosa la belleza podrida de Belén, a la deriva de su fl‚orida reproducción. Al ver los niños semidesnudos pataleando en el lodazal, recordé el Zanjón de la Aguada de mi infancia. Yo nací en un lugar como este, dije al pasar.

Ahora, mientras las noticias señalan, desafortunadamente, que el gran Lemebel ha muerto (y que su muerte es trending topic mundial y motivo de luto en Chile y en la literatura latinoamericana), no puedo dejar de pensar en ese viaje fugaz como intenso. Donde quiera que estés Pedro, pásala muy bien.

Bonus: Cuando Pedro Lemebel defendió a los boras.

 

Paco Bardales

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